miércoles, 28 de noviembre de 2007

El Canciller Araujo

De estatura mediana, complexión atlética, o quizás mejor, de físico nervioso. El Canciller de Colombia Fernando Araujo entró en el salón del Ritz de Madrid, dónde le esperábamos unas 200 personas a desayunar, con paso firme y fuerza en su mirada. Su rostro refleja aún los seis años de cautiverio en manos de la guerrilla.

Después de las presentaciones protocolarias de rigor, y dónde nos recordaron que estuvo secuestrado por la guerrilla durante seis años, y que logró escapar un día en que el ejército colombiano asaltó el campamento donde le tenían retenido, el Canciller nos habló con voz firme y segura. Se notaba que tenía las cosas claras, sin lugar a dudas, sobre quiénes eran los malos y quienes los buenos.

Toda su conferencia fue sobre lo que pasaba en Colombia. Un Ministro de Relaciones Exteriores hablando de Relaciones Interiores.

Dentro de lo conocido del relato del drama colombiano, dos cosas me llamaron la atención.

Lo primero, el Canciller comentó que la guerrilla lo cambiaba de lugar cada 20 días. Se suponía que de ese modo los servicios de inteligencia del ejército colombiano no podrían localizarle. Después de seis años, el ejército colombiano lo localiza en medio de la selva y prepara un operativo. Pero antes de lanzar la operación, el presidente Uribe llama a su padre y le explica: “tenemos localizado a su hijo, vamos a lanzar una operación de rescate, pero puede fracasar y los resultados ser nefastos. ¿Qué hacemos?” El padre de Araujo reúne a los hijos del Canciller y discuten el tema. Al parecer fue un dialogo rápido, y después de poco tiempo llaman al Presidente Uribe. “Adelante Presidente. Lo primero es Colombia y no podemos permitir que estos bandidos nos tengan a todos secuestrados”. Y el ejército asaltó el campamento, y dentro de la confusión, entre bombas, balazos y griterío, Araujo arrancó. Corrió por la selva, y después de algunas horas escapando por uno de los entornos más hostiles al ser humano, apareció en un pueblo y encontró a unos soldados. Se identificó, y lo trasladaron a Bogotá. Es imposible trasmitir todos los matices de la emoción del relato, pero después de eso, uno comprende por qué un Ministro de Relaciones Exteriores solo habla de relaciones interiores.

Luego, entre las mullidas moquetas del salón del Ritz, sus canapés y otras exquisiteces, llegó un turno de preguntas que realmente fue un poco trivial. Es difícil que ante la profundidad del drama de Colombia se puedan hacer preguntas inteligentes. Finalmente en un conflicto de ese tipo no hay matices. Los malos son malos, y los buenos tienen que ser necesariamente buenos. Sin preguntas.

Pero del público surgió una señora llena de buenas intenciones, de apellidos compuestos y de joyas propias del hotel que nos acogía, y en un alarde de sensibilidad sicológica, y en una especie de fusión entre el síndrome de Estocolmo y quizás que otra cosa, preguntó: “¿Ministro, después de seis años de cautiverio no le resultó difícil acostumbrarse a la libertad?” El Canciller ni siguiera pensó la respuesta: “Señora, lo que siempre me resultó difícil fue acostumbrarme a estar secuestrado. A la libertad me acostumbré en el mismo segundo en que estuve libre.”

El ministro de Relaciones Exteriores pasó por Madrid hablando de Relaciones Interiores, y volvimos a descubrir lo obvio: a la libertad no hay que acostumbrarse, se disfruta desde el primer momento.

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1 comentarios:

Blogger Valentina Durán ha dicho...

Robi, definitivamente ésta es tu veta, ofrece tus servicios de columnista y échate a volar. Cariños,
Sobrina.

12 de diciembre de 2007, 18:41  

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